La gente ha cambiado mucho. Aquellos chiquillos que se mantenían en mi recuerdo montando en bicicleta ahora son muchachos que superan la mayoría de edad, los que eran de mi generación acuden al pueblo casados y con hijos y los que, por aquel entonces, eran padres ahora son abuelos e incluso bisabuelos.El pueblo, en cambio, no ha cambiado nada. Se mantienen los mismos resquemores de antaño, la misma desconfianza, el querer aparentar lo que no se es, los mismos roles de siempre...

Siempre digo que no voy a volver más, que ya no pinto nada pero, curiosamente, existe una extraña atracción que hace que, tarde o temprano, vuelva y que lo haga con renovada ilusión. Y acabo volviendo al pueblo y regreso decepcionada. Y vuelve a pasar el tiempo y se crea de nuevo esa magia por volver...
Quizá añore los veranos vividos. Era un tiempo consumido a una velocidad vertiginosa, disfrutando cada segundo de cada minuto. Allí viví muchas cosas por primera vez: me enamoré, vi amanecer, fumé, me emborraché,.... vivía lo que no podía disfrutar en Barcelona.
Lo que pasé en el pueblo no lo he vuelto a revivir nunca. Suponía ser libre, actuar sin pensar en las consecuencias y disfrutar al máximo. Era un período alejado de la rutina del año en lo que todo valía.Todo eso acabó y los amigos empezamos a distanciarnos. Las aventuras se terminaron y la ilusión por ir al pueblo de vacaciones se fue apagando.
Aún ahora, recuerdo muchos de los momentos vividos durante esos veranos y me siento feliz por haberlos disfrutado.
Aunque a veces lo olvide esa pequeña porción del mundo es una parte importante de mi vida.